Al mirar una lista, ya sea de las mejores canciones de un año o de las películas más taquilleras de todos los tiempos, uno entiende que el primer puesto es objetivamente el mejor. Para conseguirlo, se esforzaron al máximo y llegaron más alto que todos los demás.
Lo que la cantidad de reproducciones, el precio final en taquilla o la cantidad de entradas vendidas en una gira no pueden transmitir es la estrategia dedicada a lograr ese resultado. Nuestra cultura prioriza las cifras: cuanto más, mejor. Más, más, más.
¿Pero qué pasó con la calidad por sobre la cantidad?
Fenómenos similares —es decir, priorizar métricas de una manera que apunte a aumentar los ingresos y establecer alguna forma de predominio— se han extendido a la televisión, los videojuegos y, más recientemente, el podcasting.
Algunas cadenas han demostrado hasta dónde están dispuestos a llegar con el fin de mantener sus cifras de audiencia, y al mismo tiempo han creado listas de cientos de espectáculos con el único propósito de crear grandes audiencias.
Los profesionales del marketing y la publicidad utilizan datos para evaluar posibles colaboraciones, y las tácticas que crean una falsa impresión de tráfico no solo son deshonestas, sino que también afectan negativamente el ROI publicitario. ¿Cuándo se convirtió el engaño en la mejor práctica?
La disminución de los rendimientos para los anunciantes o el debilitamiento de la confianza en el podcasting como un canal en el que vale la pena invertir, en última instancia, afecta a los creadores y crea una puerta de entrada para una cultura más comercial en un espacio nacido de una narración rica y de la integridad.
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